Por el Chef Fernando Stovell
Febrero no es un mes de espectáculo. Es silencioso, introspectivo y, a menudo, incomprendido. Mientras el calendario insiste en el romance y los grandes gestos, la naturaleza susurra algo mucho más sutil: permanecer cerca, cocinar despacio, conservar el calor.
Este es el tiempo de las brasas, no de las llamas.
1. El Fuego que Permanece
A lo largo de la historia, febrero ha estado marcado por el fuego — no por hogueras festivas, sino por el calor del hogar. La luz de las velas. Ese calor bajo y paciente que sostiene, en lugar de deslumbrar. Es el fuego que queda cuando la euforia se ha ido, el calor que exige atención, no aplausos.
En las cocinas de Europa y de muchos otros lugares del mundo, la comida en esta época del año se construía desde la necesidad y el cuidado. Raíces guardadas durante el invierno. Granos protegidos y secos. La miel atesorada como oro. Ingredientes que no se elegían por moda, sino por supervivencia — y que, en su sencillez, se volvían profundamente expresivos.
Miel, grano, hierbas secas, fruta conservada. Ingredientes que perduran.
2. La Candelaria: Una Promesa Cumplida
En México, febrero guarda una continuidad profunda — una que comienza semanas antes, en el Día de Reyes, y que no culmina en el exceso, sino en la responsabilidad compartida. La Rosca nunca es el final de la historia. Dentro de ella se esconde una promesa: quien encuentra al niño asume el compromiso de alimentar a otros en La Candelaria, el 2 de febrero.
No es casualidad. Es una coreografía cultural.
La Candelaria es la celebración de la luz — velas encendidas, hogares bendecidos, cocinas que despiertan. Dialoga de forma natural con las tradiciones europeas de Candlemas, donde el fuego y la fe se entrelazan para marcar el momento en que el invierno comienza a ceder. Y en el corazón de La Candelaria no está el azúcar, sino el sustento: los tamales.
3. Comida de Febrero en su Expresión Más Pura
Los tamales son comida de febrero en su expresión más pura.
Maíz — antiguo, paciente, resiliente — transformado en masa. Rellenado, envuelto, plegado. Cocido al vapor lentamente, con cuidado, protegido del fuego directo. Es una comida que exige tiempo, manos y comunidad. Nadie hace tamales para uno solo. Nacen del encuentro, del trabajo compartido, de una obligación que se transforma en generosidad.
Como febrero mismo, los tamales son discretos por fuera y profundos por dentro.
4. Cocinar como Generosidad
Cocinar en febrero es un acto de generosidad. Es alimentar el cuerpo cuando la tierra ofrece poco, y el alma cuando los días son cortos. Guisos de cocción lenta, raíces asadas besadas por la ceniza, pan hecho con intención y sin prisa — y tamales que se cuecen pacientemente al vapor — hablan el lenguaje del amor con mucha más honestidad que cualquier exceso azucarado.
Incluso el Día de San Valentín, despojado de su brillo moderno, nace de esta misma idea. Históricamente, los alimentos asociados a febrero buscaban devolver vitalidad: la miel por su dulzura y capacidad de conservación, el huevo como símbolo de vida, las especias para dar calor, el vino para infundir valor.
Eran símbolos de continuidad — recordatorios de que la vida seguía latiendo bajo la tierra dormida, bajo los campos en reposo.
Lo que une una mesa de San Valentín en Europa con una tamalada en México no es el romance, sino el cuidado. Cocinar en febrero es decir: te voy a sostener hasta que llegue la primavera.
5. Una Cocina que Escucha
En mi propia cocina, la cocina de febrero es contenida, arraigada y elemental. El fuego no se usa para imponer, sino para proteger. Las verduras se asan enteras, los granos se cuecen con suavidad, las salsas se reducen hasta conservar memoria y profundidad.
El maíz regresa a su expresión más honesta. El vapor sustituye a la llama. La paciencia se convierte en el condimento principal.
Es una cocina que escucha — a la estación, a los ingredientes, a quienes se sentarán a la mesa.
Porque antes de la renovación viene la paciencia. Y antes de la abundancia, el cuidado.
Y febrero, en silencio, nos enseña a sostener ambos.
Febrero susurra en lugar de gritar. En su silenciosa sabiduría yace el secreto de sostener el calor hasta que la primavera regrese.